M. Carmen Alonso

Una madre llevaba a su nuevo bebe y muy despacio lo arrullaba de aquí para allá y de allá para acá. Y mientras los arrullaba le madre-e-hijo1cantaba: Para siempre te amare, para siempre te querré mientras en mi haya vida, siempre serás mi bebé.

 

El bebé crecía, crecía … crecía y crecía. A los dos años, el corría por toda la casa. Tiraba los libros de los estantes, sacaba toda la comida del refrigerador, y cogía el reloj de su mamá y lo tiraba en el inodoro; algunas veces su mama decía: “Este niño me esta enloqueciendo!”.

Pero cuando llegaba la noche y aquel niño de dos años finalmente estaba tranquilo, ella abría la puerta de su cuarto, gateaba hasta su cama y miraba a su hijo desde allí abajo; y si realmente estaba dormido, ella lo levantaba y lo arrullaba de aquí para allá de allá para acá, y mientras lo arrullaba le cantaba: Para siempre te amaré, para siempre te querré, mientras en mi haya vida, siempre seras mi bebé.

El niño crecía, crecía … crecía y crecía. A los nueve años nunca quería llegar a cenar, nunca quería tomar un baño y cuando llegaba la abuela de visita, siempre decía palabras malas. Algunas veces su madre deseaba venderlo al zoológico. Pero cuando llegaba la noche, y el muchacho estaba dormido, la madre silenciosamente abría la puerta de su cuarto, gateaba hasta su cama y miraba a su hijo desde ahí abajo; y si estaba realmente el estaba dormido, ella levantaba a aquel muchacho de nueve años y lo arrullaba de aquí para allá, de allá para acá; y mientras lo arrullaba, le cantaba: Para siempre te amaré, para siempre te querré, mientras en mi haya vida, siempre seras mi bebé.

EL niño crecía, crecía … crecía y crecía, hasta que llegó a ser un joven. Tenía amigos raros, se vestía con ropa rara, y escuchaba música rara. Algunas veces la madre sentía estar en un zoológico. Pero cuando llegaba la noche, y el joven estaba dormido, la madre silenciosamente abría la puerta de su cuarto, gateaba hasta su cama y miraba a su hijo desde allí abajo, y si realmente estaba dormido, ella levantaba aquel muchachote y lo arrullaba de aquí para allá, de allá para acá, y mientras lo arrullaba le cantaba: Para siempre te amaré, para siempre te querré, mientras en mi haya vida, siempre seras mi bebé.

Aquel joven crecía, crecía … crecía y crecía, hasta que llegó a ser hombre, entonces se fue de la casa y se cambió a una propia al otro lado del pueblo. Pero algunas veces cuando las noches estaban muy oscuras, la madre sacaba su automóvil y se dirijía especialmente a la casa de su hijo. Y si estaban apagadas las luces en la casa de su hijo, ella abría la ventana de su cuarto entraba gateando por el piso y miraba a su hijo desde ahí abajo, y si realmente ese hombre bien grande estaba dormido, ella lo levantaba y lo arrullaba de aquí para allá, de allá para acá, y mientras lo arrullaba le cantaba: Para siempre te amaré, para siempre te querré, mientras en mi haya vida, siempre seras mi bebé.

A través del tiempo, aquella madre envejecía, envejecía… envejecía y envejecía, un día llamó a su hijo y le dijo: “sería mejor que vinieras a verme porque ya estoy muy vieja y enferma”. Entonces el hijo fue a verla, cuando él entró en su cuarto ella trató de cantarle la canción. Para siempre te querré, para siempre te amaré.

Pero ella no pudo terminar la canción porque ya era demasiado vieja y estaba muy enferma. El hijo se acercó a su madre , la levantó y la arrulló de aquí para allá, y de allá para acá y mientras la arrullaba le cantó: para siempre te amaré, para siempre te querré, mientras en mí haya vida siempre serás mi mamá.

Cuando el hijo regreso a su casa esa misma noche, se quedó pensativo por largo tiempo, a lo alto de la madrugada. Después se fue al cuarto de su hijita recién nacida que estaba durmiendo. La levantó en brazos y la arrullo de aquí para allá, de allá para acá, y mientras la arrullaba, le cantaba: para siempre te amaré, para siempre te querré, mientras en mi haya vida siempre seras mi bebe.

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